lunes, 19 de septiembre de 2022

Las dos hermanas

 


Las dos hermanas (en francés, Les deux soeurs), también conocida como Las hermanas del artista, es considerada la obra maestra del pintor francés Théodore Chassériau. Está realizado en óleo sobre lienzo. Fue pintado en 1843. Mide 180 cm de alto y 135 cm de ancho. Se exhibe actualmente en el Museo del Louvre de París.

Théodore Chassériau pinta en este lienzo a sus dos hermanas, quienes ya en otras ocasiones le sirvieron de modelo. La de la izquierda, que lleva una exuberante rosa en la cintura, es su hermana mayor, Adèle, y la de la derecha es Aline. Se apoyan la una a la otra.

Adèle era doce años mayor que Aline, pero en el cuadro no se aprecia la diferencia de edad entre ellas. Las dos presentan un cabello oscuro, fino y de suave brillantez, con raya al medio y recogido en un moño. Dejan al descubierto la piel del rostro, el busto, los antebrazos y las manos, es una piel fina y blanca. Llevan vestido y joyas similares, en tonos rosas y marrones. Sus dos figuras, delineadas en negro, destacan respecto al fondo.

Aunque de formación clásica bajo Ingres, Chassériau no puede evitar asumir el fuego pasional de Delacroix, lo que se evidencia en este caso en el fuerte colorido de la obra. Usa colores casi violentos, especialmente en los mantones en que se envuelven, de un rojo vivo con orlas de múltiples colores.

Este cuadro se considera un profundo estudio de psicología. Se trata de una obra de finales del primer período de su obra artística, en el que el realismo clásico de las formas, aprendido de Ingres, predomina la influencia de Delacroix.

martes, 3 de mayo de 2022

Jeroglíficos de las postrimerías

Juan de Valdés Leal pintor barroco español activo en Córdoba y Sevilla. Artista fecundo y de poderosa inventiva, es conocido por los dos “jeroglíficos de las postrimerías” pintados hacia 1672 para la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla. Relacionadas con el tema de la vanitas, extendido por la mayor parte de Europa, las alegorías Finis gloriae mundi (El fin de las glorias mundanas) e In ictu oculi (En un abrir y cerrar de ojos) ilustran el pensamiento de Miguel Mañara, renovador de la Hermandad de la Santa Caridad, según lo dejó escrito en su Libro de la Verdad, además de completar el programa iconográfico de la capilla, integrado por el Santo Entierro del retablo mayor y la serie de las “obras de misericordia” pintadas por Murillo, con las que forman un conjunto coherente. No obstante, lo macabro de su asunto —y la fuerte personalidad del pintor— resultaron perjudiciales para su fama póstuma y facilitaron que se le acabase atribuyendo cualquier pintura en la que apareciese un cadáver en descomposición o la cabeza cortada de un santo, incluso si se trataba de pinturas de calidad ínfima. Convertido en “pintor de los muertos”, como lo llamó Enrique Romero de Torres, parecían convenirle todos los asuntos lúgubres y repulsivos, al tiempo que con tintes románticos se agrandaba y hacía más profunda la rivalidad con Murillo, su contemporáneo, al suponerse a Valdés un temperamento iracundo y soberbio opuesto al pacífico carácter de su rival.

La vinculación de Valdés Leal con la Hermandad, en la que había ingresado en agosto de 1667, llegó hasta la última década de la vida del pintor, en la que trabajó en las pinturas murales al óleo y al temple del presbiterio, con un rico repertorio de elementos decorativos vegetales enmarcando las figuras de ocho ángeles pasionarios en la media naranja y los evangelistas en las pechinas, trabajos en los que pudo ser ayudado por su hijo Lucas, además de pintar un par de retratos póstumos de Mañara (Hospital de la Caridad, 1681, y Museo Diocesano de Málaga, 1683) y el lienzo de la Exaltación de la Santa Cruz para el coro de la iglesia (1684-1685), el de mayores dimensiones (4,20 x 9,90 m) y, por el número de sus figuras, de más compleja composición que pintara nunca Valdés.​ El motivo, elegido por celebrar la Hermandad su fiesta el día de la Exaltación de la Cruz, representa el momento en que el emperador Heraclio se vio impedido de entrar triunfalmente en Jerusalén con la Vera Cruz, que había arrebatado al persa Cosroes II, y un ángel le comunicó que no podría hacerlo si no se despojaba del boato imperial y entraba a lomos de un modesto burro, lo que en términos de la Hermandad se podía entender como una invitación a despojarse de las riquezas, que cierran el paso al reino de los cielos, para atender a los pobres y necesitados.

 
 
 
 
Si las glorias del mundo —Finis gloriae mundi— acaban con los cadáveres en descomposición de la parte inferior del segundo de los lienzos, el de un obispo y el de un caballero calatravo como lo era Mañara, la muerte es también el paso necesario hacia el juicio del alma, representado en la parte superior por una mano llagada que sostiene una balanza con las inscripciones “NI MAS”, “NI MENOS”. En el platillo de la izquierda, los pecados capitales representados por animales simbólicos (pavo real, soberbia; murciélago posado sobre un corazón, envidia; perro, ira; cerdo, gula; cabra, avaricia; mono, lujuria; perezoso, acidia) proclaman que no se necesita más para caer en pecado mortal, ni se necesita menos para salir de él que la práctica de la oración y la penitencia, representadas por las disciplinas, rosarios y libros de devoción del platillo derecho.​ Enlazando con el discurso iconográfico desarrollado en la nave del templo, en la serie de cuadros de Murillo, ese “menos” que se espera del hermano de la Santa Caridad es la práctica de las obras de misericordia implicándose personalmente, “con entrañas de padre”, cargando sobre sus espaldas al pobre desvalido hasta el hospital si fuese preciso. 


La Muerte, que se presenta con el féretro bajo el brazo y la guadaña hollando la esfera celeste, y que apaga en menos de lo que dura un parpadeo —In ictu oculi— la llama de la vela apenas consumida, hace fútiles y sin sentido todas las aspiraciones mundanas: nada valen ante ella el poder, la riqueza y la gloria adquirida por las armas o las letras, representadas en el báculo, la tiara, el cetro y la corona imperial, los terciopelos, las púrpuras y las armaduras, abandonados con descuido y en desorden junto a algunos libros que hablan de la erudición, de la ciencia y de la fama que puede proporcionar la historia, entre los que destaca un rico infolio abierto por un grabado de Theodor van Thulden sobre dibujo de Rubens de uno de los arcos triunfales con que fue recibido en Amberes el cardenal-infante don Fernando de Austria tras la batalla de Nördlingen, aparecido con la obra de Johannes Gervatius, Pompa introitus honori serinissimi principis Ferdinandi Austriaci hispaniarum infantis, Amberes, 1641, interesante por ser una de las obras que pudo utilizar Valdés en sus propios diseños para las fiestas por la canonización de Fernando III. Con él se reconoce algún otro volumen por las inscripciones de sus lomos: el primero, en el que únicamente figura el nombre de Plinio, pudiera tratarse de la Naturalis historia; Suárez es probablemente un ejemplar de los Comentarios a Tomás de Aquino de Francisco Suárez; Castro in Isaia Propheta son sin duda los comentarios a Isaías del dominico León de Castro y, por fin, Historia de [Car]los Vº 1. pte ha de ser la primera parte de la Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V de fray Prudencio de Sandoval.

 

 

martes, 29 de marzo de 2022

Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes


 

Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes es un óleo de tema histórico que Francisco de Goya presentó en abril de 1771 a un concurso de pintura convocado por la Academia de Parma un año antes, el 29 de mayo de 1770. La obra, considerada la más temprana obra maestra del pintor.

El cuadro muestra a Aníbal erguido en actitud dinámica, girado el cuerpo hacia un ángel (o genio) que le señala el paisaje Italiano —que el espectador no puede ver—, desde un otero rocoso, y alzándose la visera del yelmo. A su lado izquierdo (derecho del espectador) hay un jinete abanderado y tras él un cielo nuboso del que baja la Victoria en su carro, con la mano en la rueda (posible alusión a la cambiante Fortuna) que porta una corona de Laurel. Parte de la caballería de Aníbal comienza a bajar hacia el valle al extremo derecho del cuadro y al fondo y en la izquierda se vislumbra una batalla. En primer término y de espaldas, contemplando y enmarcando la composición, aparece un robusto cuerpo humano con cabeza de buey, alegoría del río Po, que vierte un recipiente de donde manan las fuentes de este río, como prescribía la representación de la Lombardía en la figuración iconológica de Cesare Ripa. Un fuerte viento hinche la bandera blanca del caballero y la capa de Aníbal.

La composición inicial pudo inspirarse en el bajorrelieve de José Arias, La construcción del puente de Alcántara en Toledo que el autor había presentado en 1766 al concurso de segunda clase de escultura convocado por la Real Academia de San Fernando, y que obtuvo el primer premio de su categoría. En este concurso, en la modalidad de pintura tomó Goya parte también, por lo que es muy probable que el aragonés hubiera tomado apuntes del relieve de Arias que luego reutilizó en el diseño del personaje de Aníbal (enormemente coincidente, incluso en la postura con el Trajano que centra la composición del escultor) y en las líneas generales de la composición del cuadro.

En cuanto al cromatismo, dominan los azules suaves, los rosas y el gris perla, lo que se ha visto como expresión del carácter clásico e irreal de la escena, que adquiere así tintes heroicos.

Si bien el concurso se convocó en mayo de 1770, el fallo del jurado fue un año después y de hecho Goya presentó su obra en abril de 1771. El joven pintor aragonés no ganó el concurso, pero sí obtuvo una mención especial del jurado, que le achacaba una falta de realismo en el colorido y el detalle. Sin embargo, la obra muestra la perfección que ya en 1771 había conseguido en todos los aspectos técnicos de la pintura al óleo, como prueba la satisfactoria solución de la extraordinaria complejidad de composición que exigía el cuadro, que debía, además, exponer la relación con los sucesos pasados y futuros al momento representado al tiempo que debía mostrar unas campiñas que necesariamente estaban a la espalda del espectador del lienzo. Es testimonio, asimismo, de la maestría alcanzada en la calidad en el dibujo, del que son muestra los apuntes que recoge el Cuaderno italiano, o el hábil uso de la veladura, el cromatismo de la luz rosada y la creación de una impresión de efectos atmosféricos de gran riqueza.

Consiguió Goya, además, aumentar la invención significativo e intelectual de la obra más allá de lo que pedían las bases de la competición, pues añadió la figura simbólica de la Victoria y del río Po, para conseguir representar la geografía de la mayor parte de las batallas que Aníbal mantendría con las legiones romanas aludiendo además al resultado frecuente de estas.

 

martes, 1 de marzo de 2022

LA FAMILIA DE FELIPE V

La familia de FelipeV, Van Loo, Museo del Prado

 

La familia de Felipe V es un cuadro de Louis Michel van Loo, pintado en 1743, que representa al rey Felipe V de España con su familia.

Los personajes del retrato se dividen en tres grupos. A la izquierda están el príncipe Fernando y su esposa Bárbara con la infanta Mariana Victoria, esposa de José I de Portugal. El grupo central lo integra el rey y la reina Isabel de Farnesio, apoyada en el cojín que sostiene la corona, símbolo inequívoco de su gran poder. En medio de ellos aparece su hijo el Cardenal-Infante don Luis, más tarde conde de Chinchón, a lado de los monarcas se encuentran el duque Felipe I de Parma y su esposa Luisa Isabel de Borbón, hija de Luis XV.

En el suelo juegan las infantas Isabel de Borbón-Parma (derecha) y María Isabel Ana de Borbón (izquierda), nietas de los reyes, siendo hijas de los infantes Felipe y Carlos respectivamente. Por último, en el lado derecho de la composición se encuentran el infante Carlos, por entonces rey de Nápoles y Sicilia, y su esposa María Amalia de Sajonia, con las infantas María Teresa Rafaela (esposa del delfín de Francia, Luis) y María Antonia Fernanda, futura reina consorte de Cerdeña. en una breve mirada a la obra se puede observar a prácticamente toda la familia de Felipe V.

Un amplio y teatral conjunto de cortinas rojas enmarca un balcón, donde una orquesta interpreta un concierto. Mientras, el rey y su familia escuchan la música en un amplio salón que da paso a un jardín.

Van Loo realiza con extremo detalle las telas y los adornos de los personajes, elementos inspirados en la escuela flamenca. El pintor goza de todas las confianzas de Felipe V, pues supo sintetizar el estilo oficial, con reminiscencias de Rubens y Van Dyck, con un sello adulador clásico del rococó francés. Además, el artista capta las emociones y los rasgos psicológicos de los personajes. Es la gran obra de Van Loo, que marca su realización como retratista y le permite forjar su propio estilo, que bebe de las aportaciones de Hyacinthe Rigaud, Pierre Mignard y la escuela italiana.